EL PELIGRO DEL MENSAJE DE LA JUSTICIA EN EL CASO CHOCOBAR

La Cámara del Crimen acaba de confirmar el procesamiento de Luis Chocobar, el policía que mató al delincuente que acuchilló a un turista norteamericano en La Boca. Más allá del respeto que tengo y he tenido siempre por los jueces que integran la sala que dictó la resolución, dejo sentada mi discrepancia con la decisión y con sus fundamentos.

Quien quiebra desde el inicio la legalidad es el ladrón que ataca al turista, y las 10 puñaladas que le da para robarle son una muestra de la altísima peligrosidad que reviste. Si bien unos transeúntes habían puesto en fuga a los malvivientes y la agresión al turista ya había cesado, la obligación del policía es impedir que se consume el robo y detenerlo. Es que, dada su peligrosidad y su modo de vida, de haber eludido la acción policial, es un hecho que volvería a atacar a víctimas desprevenidas, con lo que hubiéramos tenido que lamentar entonces más muertos o heridos.

El tribunal reconoce que Chocobar, en su condición de policía, debió actuar aunque no estuviera de servicio, que pudo haber supuesto que el fugitivo portaba un arma y que la tensión del momento generó situaciones que pudieron no haberse gobernado solamente por la razón. Sin embargo, considera que aquel se excedió al tirar contra quien huía, dado que no había una agresión armada en su contra. Puntualmente, dice que pudo haber reiterado los disparos intimidatorios, continuado con la persecución o esperado la colaboración de otros policías, pero sin balear al ladrón.

Si se exige a la policía que, en la opción de herir a un delincuente peligroso que se escapa para que se frene en su carrera o dejarlo fugar, se opte por esto último, se les está dando un mensaje muy inquietante a los que viven fuera de la ley. Se les está diciendo: “No se asusten cuando se escapan si oyen disparos, porque a ustedes no les van a tirar”. Falta completar la frase con algo que está ínsito en la idea, decirles: “Escapen y sigan con su vida criminal”. De esta manera, los jueces dejaron en claro que pensaron solamente en el delincuente y no en las víctimas que, inmediatamente, iban a sufrir la violencia del fugitivo. Digo víctimas y no potenciales víctimas porque la repetición de los ataques es una seguridad y no una posibilidad, tal como surge de la crónica diaria. De hecho, los delincuentes estaban “celebrando” de esa forma que uno de ellos había salido de la cárcel el día anterior.

En este punto me detengo porque es un aspecto que no mereció la atención de los jueces. Reitero que Chocobar, con su actitud, impidió que se produjeran nuevas víctimas. Si, como lo señalan los propios jueces, primero se identificó, después efectuó disparos al aire y, por último, tiró para lastimarlo, no para matarlo, e impedir que siguiera huyendo, no encuentro que haya un exceso en el cumplimiento de su deber. Por el contrario, creo que lo ha cumplido de manera estricta. El peligro no debe ser solamente para la víctima o para el policía, también debe serlo para la sociedad, máxime en este caso, que se trataba de un individuo muy peligroso, prácticamente un criminal, ya que solo un milagro había salvado a su víctima de morir. Para el tribunal esto resulta lo menos importante, dado que señala tres alternativas que hubiera podido usar el policía. Faltó decir: “Si ninguna de esas opciones funciona, hay que dejarlo escapar”.

Hubo algunos críticos que dijeron que, al matarlo, se lo había privado de tener un juicio justo y esto era condenable. Sin embargo, hay que ser enfáticos en recalcar que quien eligió no tener un juicio justo fue el propio delincuente, ya que, habiendo tenido la opción de entregarse y ser juzgado por un juez, prefirió seguir huyendo, con lo que asumió la lógica consecuencia de ser baleado, como así sucedió.

Aunque en líneas generales no veo con buenos ojos que el Poder Ejecutivo se entrometa en asuntos que competen a la Justicia, en este caso pondero la actitud del Presidente y de la ministra de Seguridad de felicitar a Chocobar, porque, después de muchos años de que la policía fuera vilipendiada y denunciada por el gobierno por cualquier actuación que trajera aparejada la menor lesión a un delincuente al detenerlo, era necesario mostrar que se había cambiado el paradigma, que desde ahora las autoridades van a priorizar su labor como guardiana del orden público. Se trató de un fuerte mensaje, cargado de simbolismo, dirigido a todos los policías y también a la gente.

El sector mayoritario de la sociedad quiere vivir en paz, que la policía lo defienda, que los jueces apliquen las normas sin dar garantías solamente a los delincuentes y ver a estos tras las rejas. No clama por mano dura sino porque se haga justicia.

Fuente: Infobae